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XII Premio Internacional de Cuentos Max Aub, 1998 |
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En el vientre de la noche. 1999. Piérola, José de. Reseña 1: Piérola, José de En el vientre de la noche. Colección premios Max Aub de cuentos. 1999. Precisamente ahora que las calles huelen la pólvora que desprenden los fusiles del sector mediático, precisamente ahora que se toma la guerra con la inocencia de una película, con la tranquilidad de la sangre convertida en un cuadro sin origen o vena que la derrame, precisamente ahora que los hombres –alejados de la patria del sentimiento-, se ven convertidos en piezas de ajedrez para combatir una partida entre el odio o rencor y el fanatismo, precisamente ahora, digo, leo el cuento ganador del XII PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTOS MAX AUB, ‘’En el vientre de la noche’’, del peruano José de Piérola. La tradición literaria hispanoamericana nos invita a compartir el tequila del contraste entre un pueblo pobre y oprimido y una clase dominante rica y ominosa. Partiendo de esta temática, y ahondando los diferentes planos de su misma realidad, han surcado grandes símbolos de esplendor literario a lo largo del maltrecho siglo XX; un siglo que ha tatuado Hispanoamérica con guerras intestinas, con dictaduras militares y políticas, con regímenes opresores a la libertad individual y colectiva, con dramas, tan complejos y crueles, que sólo la llama testigo del escritor puede ahondar e interpretar; que sólo la flecha del escritor puede prender, en la cómplice antorcha del lector, del hombre, a mil millas de los hechos. Y dentro de este marco, poco ajeno a la realidad que vivimos, que hemos vivido, se encuadra ‘’En el vientre de la noche’’, una narración sencilla, un canto de esperanza sobre el hombre, un disparo contra las causas, las estructuras que le encierran y esclavizan, en el seno de un país entreguerras, llámese Perú, o llámese Afganistán. José de Piérola cuenta un momento preciso de la vida del soldado Ubilluz, describiendo los debates internos personales de un soldado, las preocupaciones cotidianas, frente a la sinrazón de la guerra. El cuento se ajusta a los límites espacio temporales de un fusilamiento, junto a la introducción de Piérola de diálogos en la prosa como método para completar la realidad, matizar un instante concreto o contrastar las dos caras del individuo, la que vive, la que ha vivido e incluso la que vivirá, con respecto a ese momento. Al principio, Ubilluz no toma la muerte que debe ejecutar como algo fuera de lo normal, sino como algo rutinario, como un funcionario que sella un papel; como un funcionario que sella muerte. Piérola advierte ya en la primera página, el indio jijunaera sólo una respiración pausada, una silueta sin rostro, un ser sin nombre; uno más. (Pág. 19) La acción transcurre tranquila y pausada, Ubilluz, no tiene conciencia de que está cometiendo mal alguno, por lo que el narrador desemboca diálogos internos que atañen a pasajes del soldado con su amante en esa misma noche, al salir de casa. Esto es un recurso para reflejar el gesto impasible del hombre acostumbrado a sellar muerte. Mata de la misma forma que otros sirven bebidas o venden pan; pensando en su día a día. Pero el indio jijuna, el futuro ajusticiado, con su semblante sereno, su ánimo impávido, llama la atención de Ubilluz, que poco a poco se va acrecentando, - ¿Empiezo a tirar de pala? – preguntó el indio con voz tranquila y modulada (Pág. 22) - No te asustes – dijo el indio con voz de otro, como si el granputa no entendiera lo que le iba a pasar (Pág. 23) A partir de aquí, las dudas de Ubilluz sobre su trabajo despiertan en un diálogo interno, en el que su amante le reprocha, ¿Y si te salieras del ejército para que ya no te llamen así, de improviso? (Pág. 24) Ubilluz, aún fehaciente de la honestidad de su condición, responde molesto en ese instante de recuerdo interior, ¿Qué tienes en la cabeza, negra, cómo se te ocurre? (íd.) Su mujer, ofrece acto seguido un futuro inmediato, un camino a andar abandonando el puesto por el que teme, Pide tu baja, mi papá te da trabajo (íd.) Y Ubilluz se lo piensa, Déjame pensarlo. (íd.) Ubilluz ha pasado de creer en su trabajo, a dudar de él; un poco más tarde, aparece el diálogo que Ubilluz mantendrá con su amada el día siguiente a la ejecución. La preocupación por su mujer será determinante, como vemos, en la resolución que Piérola nos deja entrever en el futuro del soldado, Te ha extrañado, papi, no hemos podido en dormir toda la noche. (Pág. 25) El que le ha extrañado no es otro que su hijo; luego el temor y las vacilaciones con respecto a su trabajo no vienen solamente de su mujer. Entretanto, Ubilluz va trabando simpatía por el indio jijuna, que irá acrecentando, así como los deseos del soldado por abandonar su trabajo. Poco después de pedirle un cigarro (excusa a menudo utilizada para trabar conversación entre desconocidos), el indio jijuna le pregunta directamente, - ¿Casado? (Pág. 27) Ubilluz acata la orden del capitán de no escuchar las palabras del indio; bebe ron –ese vigorizante para los pechos dudosos que tienen que afrontar decisiones extremas-, mientras que el indio, haciendo caso omiso al soldado que le ignora, * Yo sí soy casado (Pág. 28) Mas esta familiaridad en el trato, estas ansias de hablar, incomodan a Ubilluz, * Mejor cállate y sigue. (íd.) El indio sigue detallando su vida y Ubilluz continúa cada vez más interesado, hasta que el capitán le vuelve a advertir, Nunca, nunca se entabla conversación con el prisionero. (Pág. 30) El indio jijuna, a pesar de los imperativos del capitán por su silencio, y el acatamiento de éstos por parte de Ubilluz, avanza más detalles concretos de su vida. Que si bien todos ellos carecen de importancia real, todos ellos cambiarán la visión global de Ubilluz frente a su trabajo y los ‘’documentos’’ que sella de muerte. Ubilluz estiró la mano con la chata. * Tómate un trago –dijo -. (Pág. 33) El hermanamiento de ambos hombres queda patente. El amor, la solidaridad en tiempos de guerra, se hace evidente, al compartir el verdugo, en señal de amistad, su botella con el que será ejecutado. * Yo también soy casado- dijo Ubilluz como si estuviera sentado en el bar de la capitanía del puerto (Pág. 34) La necesidad de entablar diálogo con su víctima deja aquí su reflejo. El indio jijuna ya no es uno más, sino alguien con el que cree estar acompañando en la barra de algún bar. El indio jijuna, al fin, es un hombre. Y de aquí en adelante, los dos hombres perpetran confidencias acerca de sus vidas personales. Tanto, que Ubilluz llega a olvidar el por qué de su cometido, De vez en cuando su índice se desprendía del gatillo y parecía perderse en el aire. (Pág. 36) Hasta que el capitán, percibiendo la conversación de ambos hombres, encarnando la ley - que no sabe nada de sentimientos fraternales -, ordena la ejecución del ‘’compañero de barra’’ del soldado – verdugo Ubilluz, * Ya, de una vez, despáchelo -. (Pág. 39) Pero Ubilluz no puede asesinar al hombre con el que ha compartido confidencias de su mujer, retales de su hijo, pedazos de vida. El dedo de Ubilluz se había quedado apoyado sobre el gatillo pero no se movía. (Pág. 39) El capitán Basurto, férreo por cumplir la obligación, * Apúrese, carajo, no tenemos toda la noche -. * La mierda, esto es una insubordinación, Ubilluz (Pág. 40) El capitán Basurto, observando la nula respuesta de Ubilluz, saca su pistola y le apunta a éste en la sien, * Dispare, carajo, o disparo yo -. (Pág. 41) Y Ubilluz, advertida la crueldad y sangre fría del capitán, Ubilluz apuntó a la estatua de piedra negra Su dedo buscó el gatillo y lo jaló a fondo. (Pág. 41) Ubilluz cumple, finalmente, el trabajo de aquélla noche; en un principio, toma el trabajo con rutina, considera al indio ‘’uno más’’. Poco a poco, el soldado se da cuenta de que va a matar a otro hombre, y aún sin saber apenas un por qué; entrevemos que Ubilluz cambiará de trabajo, una vez tomada conciencia del valor de la sangre que derrama. Esta exaltación optimista del hombre, se ve contrariada por la crudeza del capitán Basurto, con la frialdad de un hombre como él, que abre el grifo de la sangre hermana sólo por obedecer órdenes, por cumplir lo estipulado; aun sin saber un por qué. Las guerras, dejan siempre a ambos lados de sus riberas entrañables historias humanas de gentes que ofrecen balas de amor, cuando corren balas de muerte. ‘’En el vientre de la noche’’, brilla con la certeza de la realidad sangrienta de un país entreguerras, llámese Perú, llámese Afganistán. Daniel Barredo Ibáñez. Reseña 2: Piérola, José de En el vientre de la noche. Colección premios Max Aub de cuentos. 1999. En estos tiempos en que la justicia finalmente, perturba el sueño de uno de los dictadores más sanguinarios de América; en el que miles de emigrantes, huyendo de la barbarie y las precariedades, se hacinan en iglesias y multitudes por el elemental derecho a una vida mejor, a llegado a mis manos, por la gentileza de Migue A. González Sanchís, director de la revista "Sala de Espera" de la Fundación Max Aub, un relato intenso y desgarrador del peruano (también él, exiliado) José de Piérola, Premio Internacional de Cuentos de dicha fundación en 1998. La gesta ha sido mil veces repetida a lo largo de los años: la violencia y el espanto como parte de la historia. Si algún valor ha tenido ese horror, ha sido el de nutrir la literatura, esa hermosa señorita, dócil y pálida que se alimenta, como dice otro peruano ilustre, de la carroña humana. Pero eso sería un precio demasiado alto a pagar por la literatura, mejor sería que llegue el día en que esa carroña, no sea nunca más, la muerte y el terror. En el Vientre de la Noche, es el relato de la violencia sutil, sobrecogedora, que fluye todo el tiempo por la entrelinea. No hay cadáveres masacrados, ni asesinos que se bañan en a sangre de sus víctimas; ni uno solo grito de dolor y espanto. Con sencillez y humildad José de Piérola nos relata los últimos instantes de la víctima y su sicario. Junto a ellos bajamos a aquella cañada abandonada sabiendo todos, que vamos a ser testigos de una muerte anunciada. El relato se escapa de todo estereotipo: el asesino cumple una orden, no se cuestiona su papel; la víctima no pretende aleccionar; no hace un discurso en defensa de las ideas por las que está a punto de morir; no reclama el indulto o la clemencia, solo saca sus ropajes más humanos para que no se pudran junto a sus vísceras, en la fosa que excava. No hay angustia en el personaje; somos nosotros, los lectores, los angustiados, los que reclamamos la compasión del parricida. El autor, magistralmente, humaniza a la bestia a través de sus cavilaciones que discurren en paralelo a la escena última y única. Por ellas llegamos a esa dicotomía del hombre que vive su vida entre el hogar y el cuartel; entre la ternura y la violencia. Ternura del hombre que quiere volver a casa para arropar su "negrita" y ver a su "mochito", al que curiosamente, su capitán no quería que lo llamara Ernesto, quizás amedrentado por el fantasma de otro muerto, también llamado Ernesto, que ha martirizado más a las dictaduras desde su mito, que en su paso luminoso por las selvas americanas. Su cuartel, su cárcel, es la voz del capitán resonando en los oídos; una voz de la que no puede escapar, de la que no deja de sentir miedo; él, el victimario de este relato, convertido también en víctima y representado espléndidamente en el desenlace. En el vientre de la noche, no es solo un acierto literario, sino también sano juicio de quienes lo eligieron ganador; es también un homenaje a ese hombre que fue Max Aub, que conoció el peligro que corren aquellos que defienden sus ideas. Lamentablemente, el mundo no ha cambiado mucho desde entonces. Hoy, incluso en esta democracia española tantas veces soñada por Max, siguen muriendo hombres, mujeres e inocentes, sin siquiera tener la oportunidad de contarle a su asesino que tiene una niña que ha dibujado una paloma en el vientre de la noche; o por lo menos, darle la oportunidad de conmoverlo antes de apretar el gatillo. Jorge Félix Rodríguez. Madrid, 15 de febrero de 2001 Reseña 3: Piérola, José de En el vientre de la noche. Colección premios Max Aub de cuentos. 1999. Según la presentación de Alfredo Pita, París (marzo del 99) un cóctel nacional, histórico y contemporáneo, explosivo y hambriento de creación artística, conocimiento y expresión literaria, con languidez, tristeza, dolor y preocupación sociohumana, es el contexto del que bebe José de Piérola (Perú, 1962), ganador del Premio Max Aub 1998 (modalidad internacional) con su cuento "En el vientre de la noche". Un autor de vagaje laboral técnico y docente establecido en Estados Unidos. Alguien con el corazón y la entraña, parece ser, de un país y de sus voces, circunstancias y realidades. El viaje narrativo del cuento, espacial y temporal, conduce a la especulación. La acción fondea en oscuridad y misterio con un trazado de ideas y sensaciones por rasgos indígenas y la actitud narrativa enfoca el nacer de los personajes que son contados en un mismo cuadro. Presente y pasado. Enfrentamiento entre opresión y resistencia. Las reacciones humanas y las miserias de uno, dos son los principales protagonistas (antagónicos, o ¿no?), junto a la serenidad y aceptación del momento por parte de otro y un silencio posterior de escándalo. La relación que se mantiene no es escuálida. La riqueza del lenguaje, hay que reconocer que acelera y desacelera a su gusto, pinta los sentimientos y el paisaje con destreza y estocadas de magia. Muerte y vida son y no son trascendentales en la conceptualización narrada. Situación que traslada a otros temas de relación de hombres, mujeres y militares. Navegación por la constante histórica de la represión en Perú. Algo aún no marchito, ¿verdad? Lágrimas que perduran. Cansancio, dolor con una estética no dada a la exageración. Un cuento con muchas posibilidades de representación teatral y un diálogo, o ¿dos monólogos a ratos?, en el que el tiempo es humo, horca y filosofía, acompañado de un dibujo que es el vientre más esperanzador. En el vientre de la noche, no es solo un acierto literario, sino también sano juicio de quienes lo eligieron ganador; es también un homenaje a ese hombre que fue Max Aub, que conoció el peligro que corren aquellos que defienden sus ideas. Lamentablemente, el mundo no ha cambiado mucho desde entonces. Hoy, incluso en esta democracia española tantas veces soñada por Max, siguen muriendo hombres, mujeres e inocentes, sin siquiera tener la oportunidad de contarle a su asesino que tiene una niña que ha dibujado una paloma en el vientre de la noche; o por lo menos, darle la oportunidad de conmoverlo antes de apretar el gatillo. Julián Sánchez. Escritor, Redactor de Radio y Prensa Palma de Mallorca 21-2-2000 Reseña 4: Piérola, José de En el vientre de la noche. Colección premios Max Aub de cuentos. 1999. Mientras el indio con voz de otro, con una voz bien modulada, de locutor de radio, va cavando su fosa, Ubilluz sujeta una pistola con la mano, apuntando al indio. Ubilluz es un militar peruano, el indio un disidente político. Es una noche profundamente oscura, y fría. Apenas se ven los cuerpos. Se ve el blanco de los ojos de quien mira de frente, y el brillo de las brasas de los cigarros que fuman los dos hombres. Porque eso son, por encima de ideologías y de órdenes. Dos hombres en medio de la noche, con destinos opuestos, con sus miedos y sus anhelos de hombres. Sólo se oyen las paladas del indio, penetrando la tierra con fuerza, sin prisas. El frío sube del suelo enfangado, donde la brasa minúscula de un cigarro se extingue lentamente. Todo progresa con morosidad en esta historia, como si el indio se aferrase a la vida que siente a punto de concluir, y el otro quisiera ignorar la orden que tiene que ejecutar. Ubilluz piensa que el indio es un indio más, cuya cara se confundirá con la de todos los indios del país, pero en el fondo sabe que no es verdad. Tiene frío, tiene prisa, pero deja que todo transcurra con lentitud. El indio descansa cuando la fosa está avanzada. En medio del silencio, llega la palabra. Habla. Ubilluz se resiste, pero acaba cediendo, escucha. Y las palabras, lo que cuentan de cada uno, empiezan a unirles, a pesar de las ideologías y las órdenes. Ubilluz, la boca seca, saca una chata de ron y la comparte con el indio, pero sin dejar de sentir la superficie helada del arma que empuña. Ubilluz piensa continuamente en su mujer y en su hijo, aferrándose a lo más humano de sí mismo. Pero también piensa en el capitán Basurto, su superior, en la orden que ha de cumplir. Magnífico contraste para sugerir la duda, la vacilación. En el Vientre de la Noche es una historia sobre lo que a menudo hay de arbitrario en el enfrentamiento entre los hombres. Sobre la relación terrible que une al verdugo con su víctima. Sobre el poder de la palabra, de la comunicación entre las personas: cuando el indio habla, deja de ser un indio cualquiera, deja de ser una víctima anónima. José de Piérola construye su historia con un lenguaje sencillo y eficaz. Minucioso en la descripción, con un ritmo pausado, nos introduce en el vientre de la noche y nos acerca a sus personajes, a pesar de hablar en pasado: cuenta algo ya ocurrido, pero el lector vive los hechos como si estuvieran ocurriendo entonces y todo estuviese por decidir, acentuando así los elementos dramáticos de la historia. Sobrio, sin decantarse por uno u otro lado, dejándonos el privilegio de juzgar como si fuéramos los auténticos testigos de lo narrado. Jesús Álvarez Gómez Reseña 5: Piérola, José de En el vientre de la noche. Colección premios Max Aub de cuentos. 1999. En el vientre de la noche es el caso de un militar que no puede enfrentar su propia vida y se deja llevar por la vida, asintiéndoles a todos, a esposa, a su hija y a sus superiores hasta el grado de llegar a asesinar a otro hombre cuando se ve impelido a ello. El alcohol es un refugio momentáneo que no lo salva de su destino, asesinar a otro hombre y caer en el vientre de la noche. Mar del Norte es un cuadro, la pérdida de un ser amado que no vuelve después de salir a pescar. Pesa más en este texto la descripción de los lugares y de los sentimientos que cualquier otra cosa. La vida marina se ve someramente descrita al estilo de los narradores del siglo diecinueve, pues incluso se cuentan creencias y costumbres propias de los escoceses Janitzio Villamar |
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Precio: 8 € (IVA incluido) |
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