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Una década del Premio Internacional de Cuentos Max Aub

Una década del Premio Internacional de Cuentos Max Aub

Reseña de Cuentos Comarcales:

UNA DÉCADA DEL PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTOS MAX AUB (1987 - 1996).
Colección premios Max Aub de cuentos. 1998.

Sobre la pesadumbre y el rigor del cada día, sobre la escasez –siempre la escasez del tiempo y de las horas, acumulado informes retrasados o pendientes gestiones, se me brindó- como reflexión y a vuela tiempo- la oportunidad y la ocasión de unas frases introductorias a esta edición que recopila – en su vertiente comarcal de narrativa breve – los cuentos premiados de estos diez años. ¡Diez años ya!, ¡cuán poco y cuánto! – De estos diez años de Premio Max Aub, de cuya feliz iniciativa y logros, fue quedando constancia ya, para la historia, la Colección Max Aub de narrativa breve. Feliz idea y feliz realidad.

Presionado por el tiempo y por las urgencias, uno va pensando qué escribir, qué decir, cómo avalar aquello que ya personalidades cualificativas avalaron con su selección o concesión de premios y de lo que constancia quedó también en actas tan archivadas para el secreto y descubrimiento de la historia cuanto públicas y cabeceras de los años. Y, entre dudas y vacilaciones, pretensiones de "eso está hecho" y "ya lo tengo", uno cree poseer la idea y la palabra, e pensamiento y el concepto para evadirse o la solución al texto ya al alcance.

Cuando, por fin, logra sentarse para darle forma y palabras, constata horrorizado que no es así. Que otros han dicho más y mejor, las cosas con belleza y consistencia, que los autores mismos y sus narraciones - comarcales –o-no-qué-más-da-quién-pone-límites-al-campo- pergeñaban muy bien frases y palabras, ideas y sonoridades músicas, conceptos o materias, personajes o geografías. Y se encuentra en la duda, en el vacío, en la sensación de la inútilidad y desamparo. ¿En el fracaso?

Porque ¿dónde podría apoyarse para pergeñar unas frases introductorias, cuál sería la justificación, cuál valía de su postura o sus palabras?, ¿ La del crítico?, ¿La del historiador?, ¿La del publicista? Dilentatismo y nada más.

En el fondo solo podía haber una razón de aval a la palabra: la del apasionado amor y entrega a esta ciudad, a este privilegiado valle, a su entorno de montañas y pueblos, a sus gentes. Y, como lógica consecuencia, el interés sin medidas ni límites por cuanto con todo ello se relacione o desde allí surja o sea promovido.

Desde esa perspectiva y con ese aval alzo la voz y tomo la palabra, pero dejo de lado al crítico, al historiador o al iconógrafo, al divulgador o al publicista, para ser tan solo el segorbino interesado y curioso, también privilegiado testigo de estos como de tantos otros sucesos de la ciudad en los últimos años.

La prolongada dedicación a temas muy concretos desde los más diversos ángulos, ciertamente, pero especialización al fin y al cabo, conduciría inevitablemente, desde la tan traída y llevada "deformación profesional" – que no es , ni mucho menos, tal deformación- , a concebir estas notas y las obras o los personajes que las configuran, como un político para la ciudad de Segorbe. No en vano el retablo gótico de típicas características valencianas es una de las más puras creaciones nuestras. Y no en vano tampoco nuestra comarca poseyó numerosos y bellísimos ejemplares, de los que le quedan aún algunos, además de haber sido el más perfecto camino y correa de transmisión entre el centro de talleres y maestros y la expansión por otras tierras camino de Aragón.

En ellos, cada hecho y cada personaje tienen su lugar exacto en la escena concreta y en su relación con el conjunto y el todo. Puede ser, ciertamente, que el papel desempeñado sea de la escena titular o principal, o de una escena complementaria. Puede desempeñar un rol de importancias o secundario. O incluso el de mera comparsa. Pero, en cualquier caso, para el conjunto del políptico, para su integridad y total belleza en el significado y en la contemplación por el espectador, papel que ha de estar representado, so pena que de la obra sea imperfecta e incompleto el placer del lector.

Abandonada mi condición de crítico- palabra, por lo demás, sumamente ingrata, y que no acepto para mí mismo y mi dedicación en relación con obras o personas-, no me corresponde, en justa consecuencia, calibrar y definir la importancia de los papeles de unos u otros, ni de las obras. En todo caso, constatarlos. Porque ¿quién y qué es realmente importante?.

La obligada reflexión y observación desde aquello que los expertos y los monstruos sagrados o los tiempos nos han ofrecido como trascendental, hasta lo trivial y lo cotidiano, lo de cada día más trillado, pueden dar lecciones magistrales, quizá más aún y mejor que los expertos y los críticos. Y quizá no estaría mal que éstos, desde la cotidianeidad reflexionasen también y midiesen sus apreciaciones.

¿Cuál es el valor de una piedra en le camino sino aquel que el viandante quiera darle? ¿Cuál es la importancia de un mojón sino la que puedan atirbuirle los contendientes de turno? Valor añadido, de signo y símbolo. Pero valor a partir del cual el hombre ha sido capaz de moverse, por defenderlo, hasta la guerra, el heroísmo y la muerte.

Quien se mueve por esquemas, apriorismos, estructuras preconcebidas o escuelas, corre más peligro de limitar cauces de visión y, en consecuencia, ser crítico con personajes o hechos y enjuiciar severamente la frase o la palabra, el personaje o sus situaciones, el resultado del discurso descriptivo de la narración o del ambiente. Y, en consecuencia, llegar desde ahí a sus conclusiones. Pero es seguro que el autor no partía de los mismos ambientes o situaciones. Y, desde luego, tampoco de los mismos planteamientos. Solo, tal vez, de su experiencia desde la sabiduría que da conocer las propias limitaciones y el aprendizaje de los grandes maestros que son y han sido.

No quiero decir la relativa absoluta, pero sí de la absoluta comprensión y capacidad para aceptar situaciones y posturas, ilusiones y búsquedas, y también – por qué no? Siempre los hay –logros.

Cuál es el papel, por tanto, que desempeña cada elemento en mi políptico? Lo ignoro. Verdaderamente, no lo sé. Ni creo que sea importante. Per están. Son en él una realidad a ordenar debidamente, en el orden mejor para que mejor reflejen la composición perfecta, la obra de arte que allí se oculta y ha de desvelarse.

Prefiero discurrir, por eso, sobre los años y los seres, sobre los acontecimientos, sobre las pequeñas o las grandes historias, sobre las palabras y las obras, los verdaderos componentes. Doy margen al espejo en que se van reflejando día a día y paso a paso la historia más reciente de mi ciudad, en el valle, allí donde se curva el río con rumor de interrogante y pone punto firme en la cumbre del cerro de la estrella. Doy paso al puzle de los sucesos, de las personas, de los acontecimientos y las circunstancias. Unos y otras van encajando, ocupan un lugar, recomponen escenas que se van situando en el panel preciso y hasta los pequeños detalles adquieren el color y el calor necesarios, los adecuados matices, y van cubriendo huecos y vacíos. Y así, paso a paso y peso a peso, el moderno políptico de la historia reciente y cercano se recompone y configura para la contemplación válida y viva.

No se trata de abrir el cajón de la vieja alacena para, en la penumbra y casi a tientas, escudriñar interioridades. No. Es la mirada sobre la obra que está ahí, abierta a la admiración y la sorpresa. La que permite llegar a lo personal y, desde ello, a la personalidad, más que a lo original, tan escaso y difícil. También desde las palabras se hace presente la imagen. Y para que las imágenes – desde el origen de las palabras sean las mejores imágenes que formen la mejor composición, también como literatura – han de elegirse las mejores palabras y colocarse en el sitio exacto y adecuado, en el mejor orden.

Así toda poesía, toda narrativa o descripción, toda evocación a personajes o situaciones, a paisajes urbanos o rurales, a personas o cosas. Así en el extenso poema o en la brevísima evocación sugerente, en hiperdimensionada narración o el breve y apenas esbozado relato que –feliz idea de donde procede es igual—hemos llamado cuento.

Cuentan nuestros autores y hacen cuento. Y narran y sitúan, sugieren o evocan. Y traen palabras, personajes, situaciones, lugares. Y buscan y rebuscan en el arsenal de las palabras la palabra mejor, la castiza, con solera clásica o de historia, la culta y selecta o la del cotidiano decir en cada esquina, que toda puede ser palabra literaria. Y -¿cómo no sería así?- lo hacen tanto desde lo soñado, fantaseando o imaginario, como desde lo, por conocido y cercano, mejor intuido. Por ello, es esta selección de autores distinguidos con los premios de cada año, o para el mismo seleccionados, la inmediatez y la cercanía se hacen más presentes. El personaje, las circunstancias de las situaciones, la ubicación en el paisaje, la casa o la calle, cobran más claramente plástica configuración, se hacen imagen, escena conocida , panel habituado.

Nuestros autores, por sobradas razones, tanto como evocar, invocan. No cabe duda que contribuyen a elevar a categoría literaria la cercanía y la inmediatez de las cosas, las propias cosas, los seres recreados, el paisaje del valle hecho luz, el pueblo concreto con su olor, la ciudad que le es cercana, viva y grata. Todo aquello, en definitiva, que les es querido, que sienten como suyo, que aman. Porque para ellos, para todos ellos, se hace verdad a cada instante que "Geografía es amor", como en una ocasión, también para mí grata y querida, recordada siempre, tuve ocasión de evocar tan afortunada expresión y título, llamado en mi auxilio a García Nieto.

Los autores, con sus raíces y vinculaciones ceñidos a Segorbe, al valle atados con gratos hilos como lazos, a la comarca unidos, aun alzando vuelos, crean y recrean desde la cercanía. ¿Locales o localistas? ¿Qué es, qué quiere decir eso?

Los autores, son importantes en mi políptico.

Los autores aquí recopilados, que tuvieron también el aliciente y el estímulo de la superación y el logro. Quienes se hayan acercado un poco más allá de la mera y somera lectura, habrán comprobado cómo, finalistas de un año en el concurso, al siguiente obtienen el galardón buscado.

Los autores, en el políptico y fuera de él, son importantes.

Como lo son las circunstancias que concurren en esta convocatoria Max Aub de narrativa breve. Y, más que circunstancias, cúmulo de hechos. El autor y el nombre para Segorbe reivindicados y, como un gran logro, ya para siempre a Segorbe vinculados; los fondos de su biblioteca y archivo; la fundación de estudios Max Aub; los estudiosos y literatos ya por ello con otros vínculos y relaciones a nosotros unidos; las instituciones y organismos presentes en el empeño; la feliz originaria idea y la continuada idea de promoción y estímulo actualizadores a través del premio Max Aub de narrativa breve, ya diez años de continuidad, realidad e historia...

Y, sobre todos esos, las personas en el empeño presentes y actuantes, las personas allí en los avatares para los logros que, una vez conseguidos, y vistos desde fuera, parecen felices.

Y, sobre todo, las personas. Ponga cada uno los nombres y apellidos. Póngalos cada uno y evíteme la cita. Yo también me los sé y los guardo en el archivo indeleble de la memoria que no olvida.

¿Ven?

Al fin, el descabalado y en sus variados paneles disperso políptico, se une, reúne y recompone. Y luce en todo su esplendor y logros.

Uno de los recuadros con escena de mi políptico personal e íntimo, para mí especialmente evocador y emotivo, de gran significación y perpetuo en la memoria, es el de mi consideración y nombramiento como hijo adoptivo de la Ciudad de Segorbe. Se hacía en aquella ocasión concreción viva una larga experiencia de la geografía del amor y el amor de la geografía, y así lo evocaba entonces, robando al poeta la expresión antes citada. Hay también, por supuesto, otros paneles y sus escenas particularmente queridos, que en el archivo personal dicen de Segorbe y al valle atan. Pero ese tiene particular significación.

Mi consideración "oficial" y reconocimiento como hijo de Segorbe, no más apátrida y sin pueblo, no más vagabundeo errante, que para siempre permitiese ya con mi ciudad andar y envejecer, vivirla y comprobarla cada día, con ella caminar y más seguirla, prenderla junto a mí, "quieta conmigo", sucedió un día cualquiera de 1987, el mismo año en que, también "un día cualquiera" se concedieron por primera vez los premios Max Aub y apareció el primer volumen de la Colección que perpetúa para la historia, la memoria y el gozo.

¿Se me permitirá pues, siquiera sea un recóndito, pequeño y minúsculo lugar en el políptico que desde estas líneas y estas frases he pretendido evocar, hilvanar y recomponer?

Ramón Rodríguez Culebras
Segorbe, Mayo de 1998

Reseña de Cuentos Internacionales:

UNA DÉCADA DEL PREMIO INTERNACIONAL DE CUENTOS MAX AUB (1987 - 1996).
Colección premios Max Aub de cuentos. 1998.

Prologar esta reedición de los relatos ganadores del Concurso Internacional de cuentos Max Aub es para mí tan gratificante que seguramente me ha hecho no considerar juiciosamente mi idoneidad. Espero que el corazón y un poco de trabajo resulten también vías válidas para hacerlo lo mejor posible, ya que motivos circunstanciales, y por lo tanto casuales, que me honran, pueden ser justificativos o excusatorios.

Los cambios sociales y culturales que tan larga y dolorosamente se gestaban en la larga represión de la libertad de expresión del tiempo de la Dictadura empezaron a aflorar en los años siguientes a la muerte de Franco.

Con la implantación de un gobierno de izquierdas, sin adentrarnos en más y mirándolo solamente como la alternancia demasiado esperada, se abrieron caminos y se emprendieron acciones en varios sentidos. Mediante una actuación más amplia y más libre respecto a la cultura, y recuperando aquello que se había ocultado o adulterado por la diferencia de ideologías.

Esta irrupción, casi de súbito, de un pueblo entero en toda la amplitud de la cultura y con tanto por hacer, abrió rápidamente muchos frentes y sobre todo determinó unas maneras de hacer y consumir cultura. Como alimento esperado, consistía en muchas ocasiones tan solo en el esbozo, en la estructura de aquello que sólo alcanza su calidad cuando forma parte del individuo generacionalmente. En la cultura es imprescindible la crianza.

Este quehacer, como todo aquello hecho por el hombre, tiene siempre la peculiaridad, la variación que imprime cada actor, en este caso cada gestor social. Y debemos reconocer que de unos casos a otros hubo y hay diferencias notorias.

En este sentido es necesario referirnos a Segorbe, con el gobierno municipal comprendido entre los años 1.983 a 1.989, como un periodo en donde la cultura tuvo por sí misma entidad propia y se concebía, se presupuestaba y se llevaba a cabo con la preponderancia justa. No era algo que se costeaba rascando los bolsillos de las arcas municipales o con cuatro chavos para cubrir el expediente. Se la otorgó la categoría merecida junto al urbanismo, el alcantarillado, la sanidad o cualquier otro capítulo.

Los de estas tierras debemos referirnos a ese periodo como a un tiempo feliz en el que el hecho cultural tenía la máxima dignidad y constituía un carácter definidor y bien visible de la ciudad. La utopía tenía un rostro algo acariciable que se dibujaba día a día con un quehacer incesante y natural en toda suerte de hechos, de los más grandes a los más cotidianos.

Una de aquellas acciones culturales emprendidas fue la adquisición del archivo de Max Aub en el año 1.988, hecho que, a mi parecer, junto con la adquisición de la obra de Julio González para el IVAM, constituyen los hechos más destacables de este periodo, por lo que se refiere a patrimonio artístico en la Comunidad Valenciana.

No fue ésta una adquisición que pretendiera cambiar de estanterías los libros para empolvarse de nuevo. Llevaba emparejado la dignificación y difusión de la obra y la persona de Max Aub con un planteamiento modesto, pero amplio y generoso (edición anual de una obra con estudio crítico, divulgación de la vida y de la obra, acercamiento al estudiante y al docente, creación de una fundación que asumiera todas éstas y otras gestiones, etc.), lo que equivale a grande y respetable.

El alma enamorada y tenaz de todo esto es el entonces alcalde, Miguel González Sanchís, poeta de ser y gestor político transitorio, que concibió, entre otras cosas, una manera de rememorar la figura del escritor creando una colección de narrativa breve con el nombre de Max Aub. Esta colección se constituye con la edición puntual y anual de un libro que contiene el relato ganador del concurso internacional de cuentos, convocado al efecto, junto a los finalistas y el ganador del mismo concurso a nivel comarcal.

Podría haber sido una idea más, con parecido a lo que en otros lugares de la geografía hispana ocurre. No obstante, una serie de caracteres la definen con cierta singularidad muy positiva: Una aceptable dotación económica, la edición puntual del libro del año anterior en el momento de fallar el concurso de cada año, el hacerlo todo ello en medio de unas jornadas de convivencia y fiesta literaria y el aval incuestionable de un jurado del más alto nivel de prestigio y reconocimiento.

Los varios centenares de participantes en cada convocatoria son un buen indicador del prestigio y reconocimiento alcanzado en tan poco tiempo.

Llegados aquí y sabiendo del acontecer concreto de esta publicación anual a la cual nos referimos, así como un poco el panorama actual de la narrativa breve española, con el mejor ánimo y deseo, quiero apuntar que, algo que cuesta tanto de hacer, debería consumarse hasta el final, ampliando y difundiendo la edición mediante una distribución que llegue a todos los sitios. La calidad de los cuentos ganadores y finalistas es extraordinaria, algunos de sus creadores son y han sido después autores prestigiosos en el panorama literario en castellano, con un mérito revalidado permanentemente. Su lectura constituye un auténtico placer del que no debería privarse a nadie que quisiera conseguirdo.

La amplia y variada obra de Max Aub tiene, sin lugar a dudas, entre sus caracteres, la fantasía, la creación de personajes y ambientes presentados como creíbles en un contexto con el ánimo de estar y decir más allá de la mera realidad presentada. Esta capacidad de tabulación es buen definidor de su posición creativa. Así que, esta idea, viendo el panorama renovado y pujante del relato en la actualidad, junto a las ventajas de gestión material frente a la novela, constituían una base óptima para llevar a acabo la convocatoria del concurso de cuentos.

Ya la convocatoria del primer concurso se resuelve el 21 de abril de 1.987, con unas bases acordadas y publicadas el año anterior. Así que son doce años los que nos separan del inicio, y por lo que respecta al cuento como "género literario" y como publicación, han ocurrido muy buenas cosas en este tiempo y vivido cambios favorables.

Desde una consideración histórica es bien reciente el actual concepto de cuento, relato breve, narración o como queramos denominarlo, ( aún no constituyen sinónimos incuestionables en el uso, lo que prueba el estado actual de asentamiento del concepto) pues no tiene más que unas décadas en su espectro actual. Cuento, cuentista, narración, narrador, relato, relator, tienen aún una semántica en proceso de fijación o acotación, lo que prueba su juventud.

Aquella idea del relato costumbrista o del cuento como fábula, ligados a la tradición oral, popular o infantil, han sido sobrepasados muy positiva y felizmente por los escritores de estas últimas décadas. Se ha transgredido aquel área tan reducida y se han aportado unas posibilidades que siempre han estado como componentes del hecho creativo en general.

Esta transgresión sobre el asentado concepto del cuento se amplía no sólo en los temas, para los que no hay límite alguno y en lo que ha tenido tanto que ver el cine, entre otras manifestacioes del arte reciente, sino en los personajes y sus modos de vida.

Pero el actual contexto creativo general, posterior a los últimos ismos, que se mueve y evoluciona en todas las áreas y géneros mucho más deprisa que antes, hace que puedan convivir, recicladas pero a la vez, todas o casi todas las manifestaciones que se han dado en el devenir histórico.

Realismo, surrealismo, abstracción, fantástico, romántico, negro, de acción, onírico, matérico. figuración, drama, comedia, escena, poética, luz, picado, primer plano, y tantos más, son términos que en los distintos campos de la creación se usan a diario para referirnos a lo que se hace. Tal vez estamos en el momento creativo de mayor independencia, ya que, salvando la banal fama o el dictado del dinero, que no es poco, el arte no obedece a otra razón que no sea la de crear desde el propio sentir y ver individual.

Con una situación así, la literatura no se iba a escapar de abrise respecto a lo que era antes, de ocupar más espacios de los que ya nos invaden o habitan. Una sociedad con suficiencia material y libre es la que puede facilitar que el ser humano alcance toda su dimensión .

El cuento es, tal vez, el espacio que mejor se está criando en este caldo de cultivo, pues si su eclecticismo, su mixtura, lo hacen variado y gana en amplitud, la aceleración actual de la vida cotidiana lo hace, además, más apetecible por poderlo recibir en menos tiempo.

Sin embargo, no está determinado tan solo por esos rasgos. En la actualidad, el cuento es muy frecuentemente la primera incursión en prosa de los poetas, o el escape complaciente del novelista, o el campo del que se inicia el que empieza por abarcable y sintético. O tal vez atrae por éstas y otras psosibilidades, ya que tiene las lindes menos acotadas y lo que se puede sembrar en su tierra de barbecho está menos definido.

De este modo, viene a constituir un campo intermedio que goza de la forma o la apariencia de la prosa, con todas sus propiedades literarias, y también de la poesía, pues de ésta toma unas veces su construcción metafórica, o su sentido hiperbólico, o su discurso o resolución en antítesis u otros recursos que, no siendo ni admisibles en la novela, no son ni siquiera una licencia en el cuento, ya que constituyen una más de sus riquezas.

Y de la resolución final qué decir, del desenlace, de ese mensaje expreso o tácito, tan amplio que es realmente imprevisible, mientras en la novela puede serlo del todo o en gran medida. Si en la novela cuenta tanto el proceso narrativo, que hace que se lea con complacencia cada renglón, valorando como un elemento más el final, en el cuento, el desenlace, por lo abierto que puede plantearse, proceso y desenlace constituyen caras constitutivas por igual de su unidad.

No cabe duda de que uno de los rasgos más definitorios y de los atractivos más poderosos del cuento estriba en el desenlace, sobre el que no hay límite alguno como libertad creativa, como alquimia reactiva y mágica.

Y obviamente no podemos dejar de referirnos a su extensión. Un beso es más que una carta de amor, una herida es más que mil roces, un cuento es a veces todo, pues sólo en su brevedad cabe el contenido de su grandeza.

Fijar la extensión de las páginas como diferenciador de novela, relato, cuento, y todos esos artificios, es tan circunstancial como alicorto. Con sus propósitos y sus posibilidades, en su libertad creativa, cada uno tiene su medida.

Estos años y este premio Max Aub han potenciado la creación de cuentos. Nos han deparado una auténtica colección de narraciones soberbias, rotundas, meritorias de constituir por sí mismas una selección, una antología de lo que se hace en Castellano. Así que nos detendremos un poco en analizar estos diez cuentos ganadores de sus respectivas convocatorias y siguiendo su orden cronológico.

Un aguafuerte del año de gracia de 1846, de Antonio Murugarren, es un relato situado en el pasado, deliciosa y complacientemente enmarcado en un ámbito histórico en el que se recrea lo social, el costumbrismo, el detalle de lo cotidiano, de una manera tan precisa como sugerente.

Desde un argumento sencillo, que habrá corrido de boca en boca de nuestros tatarabuelos, con mil maneas parecidas y geografía y personajes más o menos inmediatos, establece una trama capitular en cuyas secuencias, dosis, nos lleva desde la situación descriptiva inicial hasta el fatal desenlace, por otro lado previsible.

Un joven que se va a casar (vigor, poder, euforia, impetuosidad, imprevisión...) y el veterano, de oficio jugador, que busca cualquier ocasión para sacar ganancia (astucia, artimaña, experiencia, provocación, indolencia...). El final es malo para los dos. Uno es herido (muere) y el otro pasa el resto de sus días en la cárcel.

Pero sería minimalista esta reducción, pues el relato está trazado en un discurso rotundo y eficaz. Pausado y detallista en lo descriptivo, escueto y sobrio en la acción y resuelto en su desenlace con un apunte de cita documental que deja la ultima palabra a otros en vez de al relator, otorgándole una credibilidad diferente y cierta trascendencia. Se refuerza lo inevitable del final.

Un lenguaje preciso, rico, culto, utilizado a veces en acepciones menos al uso, junto con la propia estructura sintáctica, adjetivación y tiempos verbales, dejan el dibujo acertado del relato en forma y sugerencia del momento histórico.

Es inevitable encontrar ese valor moralizante que tenían estas historias en su versión de tradición oral y que aquí queda solamente sobrevolando como vapor de ese sabor triste de algo real que podría evitarse.

Hay también un viaje, un vuelo sugerido que va y viene y tiene algo de clave: El título, aguafuerte, el ácido, lo corroído, lo negro, el final negro, no feliz, dejados como hilos de una trama no solamente ociosa, como señuelos tácitos o viñeta misteriosa desvelada que refuerzan todo el argumento añadiendo más alma a la historia.

En La pulga en la oreja, de Carlos Flores Vargas, nos encontramos un narrador muy singular, un perro, que cuenta la historia de una familia y la de su propia muerte, sin que ésta se presienta en ningún momento.

Ésta es, entre otras ironías que tiene el cuento, la mayor, por inocente y despiadada, por la aceptación autopunitiva del canino, que siendo tan agudo observador de la realidad en la que vive, tiene la ignorancia existencial del hecho de morir. Sensación y concepto compartido cósmica y socialmente con el Loquito de la cantina y los animales del mundo. Sutil ironía de agudeza resquebrajante y dulce, también.

Un cuento planteado como tremenda realidad, relatado y resuelto de forma surrealista. Esperpéntico, como dice de él José María Merino, logra en esta fabulación, en esta imposibilidad, escrita tan creíblemente, ese acierto que puede lograrse solamente con la distorsión, estética y acertada, de esa realidad.

Una de las grandes posibilidades creativas que tiene el cuento queda aquí magistralmente usada.

El lenguaje, en su estructura y en su vocabulario, es un engranaje inagotable de precisiones, sensaciones y sugerencias. Una sensualidad no lasciva empapa todos los renglones como uno de los aromas de los que inspiraba erguido Beto.

Una confección impresionista y minuciosa logra el retrato constante y apasionante de las escenas más cotidianas. Todas ellas se convierten en cuadros de color preciso, iluminados con ebriedad exquisita, con brochazos y pinceladas recreativas de enriquecedora justeza.

Tras toda la historia, la miseria es más miserable y la muerte más natural.

Con cierta acidez, Alvaro Bermejo Marcos penetra en el drama relacional de una pareja, creada e inmersa en el aterrador e inhumano corsé de los formalismos de una clase social y una época en La torre de Casandra.

Es, sobre todo, un relato dramático de planteamiento psicológico, muy bien enmarcado en una sociedad determinada.

Una pareja joven contrae matrimonio por conveniencia. El desamor, el aburrimiento, son patentes en medio de una pobreza de experiencia de vida y una ostentosa riqueza patrimonial. Un personaje extraño, una aparecida, les revuelve la vida con su fantasía, les subvierte su estatismo conservador, su erudición y su experiencia. Ambos se sienten atraídos por ella, que les hace despertar su capacidad de amor y de odio, su desacuerdo consigo mismos, mientras permanece el recuerdo de la visitante como un espectro inevitable.

Un tema bien ambientado en una época dibujada con riqueza y pericia que deja patente, a su vez, su posibilidad de ser generalizado a cualquier momento.

La secuencia de la acción es intachable y en la disección de los personajes en su ambiente va determinando, con descripciones precisas y elocuentes sugerencias, el drama inevitable del desencuentro con uno mismo en la vida. Lo psicológico, lo espiritual, se esconden vivos siempre en nosotros.

Con el relato de Emilio Fernández Arias, El hombre que se trajo a Extramadura una cubanita como llovida del cielo, damos un salto. De la riqueza y el amaneramiento de costumbres de los personajes de Casandra a la extrema dureza de José, héroe que sobrevive a casi todo por su fortaleza física y, sobre todo, por su sobriedad, heredada ya y alimentada día a día en su infancia y en su tierra, Extremadura.

Este hombre de palabra, que se fue a Cuba y se supone que volvió a su tierra con una mujer cubana, más los cuartos que enviaba en previsión de su vuelta, atesorados con sufrimiento y trabajo, encarna valores añejos, seculares, indudablemente insustituibles, poco imaginables para nuestras generaciones jóvenes que, por lo menos, las necesidades materiales han sido cubiertas más fácilmente.

Encontramos en ello algo de tópico y el buen oficio del escritor ahoga lo lírico del personaje con un relato épico y descriptivo. Sin duda es la mejor posición posible para quien todo lo relatado, de alguna manera, tal vez forme parte de su sentir y de la visión del mundo de su infancia y de su tierra, patente contrariedad con lo que ahora nos arrolla en la actualidad.

Con una acción regular y medida, la secuencia sigue la austeridad del personaje, con un lenguaje pulcro, recreándose pocas veces y haciéndolo con medida profunda en los paisajes y las metáforas de gran evocador y recordador de imágenes familiares. Frases bien largas, contestadas y segadas por otras muy cortas y rotundas, resuelven un devenir ameno y escueto sin paliativos ni distracciones.

Juan Manuel de Prada ha insistido casi meritoriament hasta ser ganador en la quinta edición con Pecados íntimos. Otros cuentos le acompañan como finalistas.

Este firme propósito de llegar al final tiene algo de voluntad de escultor y lo tiene también su lenguaje preciso y recreado, lejos del tópico, con el que siempre encuentra el golpe de cincel más definidor. Este amplísimo cimiento semántico, junto a una acción introspectiva que sabe aplicar muy bien a su relato, constituyen sus armas principales.

En Pecados íntimos, podemos decir que dos temas principales son tratados con cierta independencia uno de otro hasta su convergencia final, que deviene en una respuesta del individuo. Respuesta sembrada antes en cada uno de los temas aludidos con algo de recreación, tal vez innecesaria, para el desenlace.

El relato nos cuenta la relación de un niño con la criada de la casa en su evolución desde la infancia hasta la adultez y el asesinato de la esposa por parte del marido, padre del niño.

El autor los lleva finalmente a una convergencia, para provocar un enfrentamiento con la historia y el propio yo, aunque tal vez no se ensamblen con la precisión artesanal con que labra lo descriptivo e intimista.

Respecto a la historia es resolutivo y concluyente. Respecto al sentimiento interior es un enunciado abierto que queda como marca impresa del individuo. Un final polivalente que, al tiempo que resuelve desvelando, abre una oscuridad permanente.

Diferentes amores en sí mismo y en su evolución a través de la edad y el tiempo quedan retratados con hondura y lirismo. Muy humanos, muy sentidos. Entre ellos, aquello que marca el desamor y el desencuentro, inmerso en un escenario lleno de indolencia, prepotencia que no se detiene en lo afectivo ni en el gran mundo de lo infantil.

La permanente mirada psicológica, introspectiva y generalizadora, del autor subyace como mirada a un espejo y en un espejo. Cada uno tiene bastante consigo mismo como para mirarse más. Deliciosa lucha llena de vida y llena de muerte.

En De libertad tendidas mis banderas, con exquisito lirismo y dolor sublime, muy existencial, Javier Quiñones cuenta el destino de varios miles de personas, presos, al final de la Guerra Civil Española, desde su visión íntima y sentida. Es el drama de la vida y de la muerte, que hace, además, la separación de la persona amada más dolorosa aún que la muerte.

Miles de presos del bando rojo esperan y desesperan por saber qué va a ocurrir con ellos. Al final acaban en un campo de concentración de Albatera en donde saben que diariamente son fusilados algunos de ellos.

Una construcción impecable de frases cortas, rotundas, esculpidas, de pensamientos, de sentimientos, de reflexiones. Todo en una yuxtaposición de sillería en la que cada pieza tiene una autenticidad incuestionable y en su conjunto un devenimiento reflexivo, duro y sincero, pero cabal, de la propia vida.

Es la voz de un hombre, cuando evoca el tiempo más feliz, capaz de sentir en el paisaje de Castilla la esencia de la geografía y de la vida en su sobriedad.

Cervantes es citado y recordado a lo largo del relato. La imagen como cautivo en Argel, el ponerse en su lugar y el sentimiento de admiración y de ejemplo se entrevén en todo el relato. Junto a Cervantes, Miguel, Antonio, Ramón, comparecen como compañeros vivos en los siglos y en la palabra. Palabra escrita que no puede dejar de expresar porque le mantiene vivo y unido a su Natalia, a la vida.

Esta posición ante todo lo que le ocurre, en su impotencia, en su inactividad como preso político, es la máxima y más fuerte actividad que puede hacer él. Es una posición poética, lírica, utópica, contada en sus límites de existencia y presentada como el único o el mejor saber hacer en tales circunstancias.

Entre tanto dolor, la palabra escrita a su amada era una fortuna con la que desesperaba menos y un vínculo con del que sentía más.

Esa posibilidad que tiene el cuento de simbolizar y presentar una gran realidad como metáfora, de forma que el receptor pueda participar en la historia, completándola desde su realidad, queda deliciosamente patente en Una larga jornada.

Fernando Benzo perfila una historia bien trabada y sin tópicos, utilizando un lenguaje descriptivo y sencillo, retratando en su medida justa una realidad inventada, aunque cotidiana y generalizable, que deviene por sí misma en el planteamiento más hondo que cuestiona todo ser humano sobre su propia vida: elegir permanentemente para ser feliz o para no morirse de infelicidad.

Una pareja de recién casados duermen en un hotel, Hotel Paraíso, y durante varios días regresan al mismo inevitablemente, después de viajar todo el día sin saber dónde están y a dónde van. Al final van descubriendo que no se aceptan y esa falta de coincidencia descubierta por la reiteración y una realidad adversa les hace apercibire simultáneamente y por diferente vía, que la única manera de escapar de allí, del hotel, que es la realidad suya cotidiana, es irse a solas, cada uno por su sitio.

Utilizando un lenguaje preciso y sin énfasis, con cierta flema, pero con bella y sabia suficiencia, narra secuencialmente la sucesión de los días de la vida. La reiteración como elemento vital y como recurso cuentístico es el esquema básico para el desarrollo de la historia. Cuando está bien asentado el cliché en el lector, el autor va incorporando con muy buen cálculo las variaciones, novedades y elipsis necesarias para ir trascendiendo y generalizando la situación. La solución, necesariamente concreta, está lanzada sin la anécdota de lo cotidiano que venía dibujándose al principio. Es la opción consecuente y coherente ante la falta de sintonía, el hacer cada uno una nueva vida, un nuevo camino, aceptándolo y renovados desde dentro.

Algo fuera de ti, un ser con el que se establece de forma natural y evidente, sin ficción, la comunicación íntima, es el desencadenante o la videncia que te introyecta a ti mismo y te sitúa en tu equilibrio, en el punto de tu medida.

Como un viaje o una estancia en el paraíso del mundo, del que cuesta regresar, resulta el sublime relato de Susana Medina, Nosotros. Las emociones te nacen y te crecen desbordándote en cada palabra, en cada frase sabia, original y activadora de vida.

Confieso, (y acepto con eso mi preferencia personal) que es uno de esos relatos que esperas leer desde hace años y que extiende ese cauce infinito de encuentro entre la poesía más lírica y expresionista y la prosa más condensada y renovadora.

Sin pasarme de trascendente quiero decir que el argumento es la vida, la vida desde dentro con lo de fuera y sin paliativos. La vida en estado esencial donde el ser humano se vuelve transparente y lleno de blanco. Quien se detenga a ver en el argumento las experiencias de unos okupas desarraigados que hacen el amor incesante y compulsivamente, no ha hecho nada más que no entender nada o lo que es lo mismo sólo entender la rutina y la cortedad diarias, que es justo lo que los personajes del relato traspasan permanentemente.

La estructura del relato es la propia de una poética. A modo de collage lo descriptivo y lacerante se interpola con lo más sublime y emotivo. El enunciado de lo carnal, de lo efímero, de lo áspero y ácido de la circunstancia vital con lo más sublime y emotivo, con lo más blanco.

La esperanza, la creencia en la persona por encima del materialismo y el consumismo. La belleza de la vida sentida y vivida antes que cualquier concesión a la rutina o a los convencionalismos. Y todo ello, personal y magistralmente resuelto con un lenguaje recién modelado para el propio contexto generado con rotundidad creativa y fe existencial. Todo lo que dice, todo lo que delata y defiende está ejercido lingüísticamente con sugerente propiedad y acierto.

Y es inevitable admirarse y alumbrarse de tan rica narración si encima descubres el tremendo y profundo adentramiento que tiene en la vida y de la vida alguien tan joven como para haberla desnudado así y soplarla frente a frente dándole ese origen primero que siempre tuvo la existencia y que los días y las circunstancias nos aminoran o nos matan. Una valentía lírica y ejemplar.

En este abanico de opciones que se pueden dar en el cuento, el relato, nos encontramos con el de José Florencio Abad: Más fundido en negro. La ficción dentro de la ficción como recurso atrayente. El narrador es uno de los personajes creados por un escritor y este personaje relata todo lo acontecido como espectador paciente con cuerpo de hoja de papel.

La vida y creación literaria de su padre, que le creó a él, es contada por este hijo desde ese punto de vista fantástico y en cambio objetivo. Un surrealismo que logra su mérito no sólo ahí, sino sobretodo en resolver con acierto el entramado difícil de ir y volver con claridad y atractivamente de lo real a la ficción y la realidad que surge de ésta.

Ante la vida y protagonismo que cobra uno de los hijos creados, el Subcomisario Sabina, por el buen hacer del escritor, la aceptación de los lectores y el interés de la editorial, el padre, el autor, se ve tan molesto y receloso de la autonomía que cobra su hijo que decide matarlo, lo cual resulta algo difícil y enmarañado.

Sería tal vez el libro que dice como se piensa y se hace un libro y qué ocurre dentro del creador que no aparece, obviamente, en el relato. De igual modo no aparece el estudio del pintor ni su proceso creativo, cuando nos enseña una obra suya.

El relato nos muestra una posición de hijo creado hablando de su creador con profundidad, con comprensión y buen humor, fijándose en los entresijos y lo circunstancial de todo lo que es escribir. Lo resuelve como novela policiaca y engancha con una rica y bien tramada fantasía circunstancial.

Tras lo anecdótico del argumento, esa fantasía, que puede ser lo más inteligible, queda la quimera, ya menos o nada fantástica, de que eso sea una realidad estrictamente personal en cada uno de los creadores.

Como me decía insatisfecho un amigo que le costaba dormirse. Redujo notablemente su sufrimiento acarreado por los pensamientos que tenía en el duermevela, cuando descubrió que podía hacer el esfuerzo de pararlos o eliminarlos porque no eran verdad, eran sólo su fantasía. Cuando sólo le quedó la realidad se sintió ciego. Decidió resolverlo pero no le he vuelto a ver.

Deliciosa, magistral y entretenida es la Crónica del delirio, de Antón Riveiro Coello.

Una de esas posibilidades que sólo encontramos en el cuento, la tenemos aquí con luz propia, escrita con precisión, sugerencia y brillantez.

Si pudiéramos rastrear la fantasía aportada por los escritores hispanoamericanos, que desde su realidad autóctona han sabido crear algo universal, no tendríamos aquí algo que lo imite sino algo que tal vez coincide en esa trama del vivir de tantos seres, sea en un punto u otro de la geografía de la Tierra, sin importar dónde ocurre.

Lucas Loureiro, que tenía los sueños imposibles y la sombra insurrecta, es un loco comprendido sólo por su abuela, y en menor medida por el cura y la bibliotecaria. Siempre está embarcado con entusiasmo total en alguna aventura o manía de la que no saca nada provechoso sino más bien sólo disgustos y accidentes. Detrás de una, otra, y en todas ellas con un entusiasmo que haría pensar que esa era la verdadera, la definitiva. Y en todas las aventuras los pequeños sueños, absurdos o quimeras, dejados de paso con genial ironía y limpieza, como el de la mina del sol, llamada así porque es lo único que encontraron después de atravesar una montaña picando y picando durante décadas. Junto a ello, artificios secundarios que ridiculizan el mundo asumido de los cuerdos como antítesis cuestionada frente a la locura del protagonista.

Sorprende la construcción clara y bien trabada de las frases que, no siendo cortas, discurren con claridad meridiana y cauce atractivo.

Un cuento ejemplar, en donde un argumento rico, atractivo y ameno se resuelve desde la narración de la acción bien hilvanada y tan ágil que, siendo las descripciones estáticas, se hacen innecesarias, apareciendo con evidencia en la secuencia, resuelta de forma inmejorable.

El protagonista es este loco que a veces se entusiasma con lo cotidiano, sin más medida que la de su alma, olvidando todo lo demás para concentrarse en lo que hace, o intenta acciones que serían maravillosas y sólo son vetadas desde una cordura no necesariamente buena. Este Quijote es ese estrato nuestro que todos tenemos como tensión a lo mejor, como utopía, como camino de felicidad. Por estas razones, Lucas Loureiro es, antes que nada, un personaje que despierta amor, porque nadie cuerdamente loco deja de quererse a sí mismo.

No quiero dejar pasar esta ocasión, una vez más, para valorar y reconocer el profundo significado de todo hecho cultural como ocasión para lograr el desarrollo de la capacidad intrínseca del ser humano. Sólo la persona llega a ser persona cuando tiene ocasión de disfrutar con la cultura. Por eso, este esfuerzo, este granito de arena, del ayuntamiento de Segorbe y de la Fundación Max Aub, merecen el más digno reconocimiento y su apoyo por parte de los demás.

Marcelo Díaz García.
Abril de 1.998

Precio: 18 €
(IVA incluido)
Last Updated: domingo, 05 septiembre 2010 22:55
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